12 dic. 2016

Santa y Andrés: el camino corto de la censura otra vez.

Como socióloga que soy entiendo el mecanismo de la censura. Donde quiera que exista Estado  este cuenta entre sus recursos con el ejercicio de la censura; entre el vasto campo de esta, se encuentra la censura artística. El problema se me plantea cuando pienso en la Revolución Cubana, en su carácter original, innovador, en los recursos y modos inéditos que ha puesto en práctica una y otra vez y que han sido, en mi opinión, una de sus mayores cartas de triunfo. Y el problema se hace agudo cuando pienso que uno de sus paradigmas es el acceso a la educación y a la cultura que le ha propiciado a la población cubana durante todos estos años. Particularmente en el ámbito del cine, habría que añadir que este ha sido, por años, el arte que ha dispuesto del mayor tiempo televisivo en cuanto a espacios didácticos especializados, para citar luego de inmediato a un festival de cine que celebra ahora su edición número 38 y que es, junto a la Feria Internacional del Libro, el evento que mayor cantidad de habitantes moviliza cada año.
 
Entonces, me pregunto, ¿es necesario, tiene algún sentido entre nosotros el mecanismo de la censura que se ha ejercido ahora sobre el filme cubano Santa y Andrés, del realizador Carlos Lechuga?

No está muy lejos aún la experiencia vivida con Alicia en el pueblo de maravillas, de la cual, según se ha dicho, se sacaron las debidas experiencias, en una época en la cual las comunicaciones no habían sido territorio de la revolución tecnológica que impacta y  permea nuestra era.

¿Por qué no exhibir  el film como corresponde y dejar que la crítica artística y la opinión pública funcionen y hagan su ejercicio social? ¿A qué le tememos? Por fin, ¿somos o no un pueblo culto y revolucionario, políticamente identificado con los más altos valores humanos? ¿A qué viene  tal separación entre discurso y práctica social? ¿No nos encontramos ya en el punto de la falta de respeto al público cubano y también a los artistas que han concebido la obra?

Por supuesto, no he visto el filme, no lo conozco, no me adelanto entonces a elaborar especulaciones sobre su contenido y su forma, pero cualquiera que sea el grado de correspondencia entre discurso artístico y  realidad e historia, la discusión del filme e, incluso,  de esa dosis de realidad y de relación con la historia pasa por su conocimiento. Y si nos quedan zonas de nuestra trayectoria como sociedad por airear – que claro que  nos quedan, pues al menos yo tengo cientos de preguntas sin respuesta—pues llegado será el momento de hacerlo, para salir de ello más responsables, más conscientes y más unidos en un destino común como sociedad. El equivocado  -- y no sé si “el enemigo”-- es el que enrarece el aire, no el que lo hace más transparente, el que lo vuelve respirable.


Me sumo al criterio expresado hace unos pocos días por el realizador Fernando Pérez  cuando dejó sentado que “la libertad es la única vía, la sinceridad el único modo y el ejercicio del criterio propio el único alimento para nuestro cine y para nuestro país”. ¿Qué más?

Esther Suárez Durán

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